Resumen

  • El RFC 1015 planteó que un científico financiado por la NSF en una universidad ya conectada a la red de la NASA llegara a un superordenador NSF por interconexión, evitando una segunda conexión universitaria a NSFnet.
  • Cada agencia conservaría su red. Una entidad común sin ánimo de lucro, IRIO, gestionaría pasarelas y servicios compartidos. El presupuesto previsto para operaciones del ejercicio fiscal 1987 era de 10 millones de dólares, con aportaciones iguales al comienzo.

En el RFC 1015 de julio de 1987, Barry M. Leiner hizo entrar a un investigador NSF en un campus donde otros científicos usaban una red de la NASA. El nuevo investigador necesitaba un superordenador de la NSF. Construir una segunda salida desde la universidad hacia NSFnet era una respuesta posible y bastante cara para un problema de organigrama. Enlazar las redes de las agencias permitía usar la conexión existente. El científico cambiaba de recurso, no de edificio.

El proyecto se llamaba Interagency Research Internet, IRI. Varias agencias estadounidenses sostenían redes destinadas a sus propias comunidades científicas. Había uniones informales, pero faltaba una manera consistente de compartir la infraestructura. El caso NASA–NSF concentraba el problema: un campus podía tener acceso físico y aun así quedar separado de un recurso por la procedencia de los fondos. La duplicación de líneas era una solución mecánica a una frontera que también era administrativa.

Leiner propuso enlazar las redes de tránsito de las agencias mediante pasarelas IP. Un estudio de ingeniería determinaría la ubicación y capacidad de esas pasarelas. El plan dejaba abierta la posibilidad de tramos de tránsito compartidos. Sobre esa base, los usuarios podrían moverse por una red virtual común y acceder a los recursos para los que tuvieran autorización. El permiso para usar un superordenador seguía siendo una cuestión propia del recurso; también hacían falta controles de acceso, privacidad y contabilidad para las redes y los costes.

La autonomía de las agencias quedaba escrita en el diseño. Cada una mantenía el control de su red. La organización interagencial dirigiría las pasarelas, los posibles enlaces compartidos y los servicios comunes; en condiciones normales no mandaría dentro de una red de agencia. Compartir el pasillo no entregaba al portero las llaves de todos los despachos. Era un límite práctico para lograr cooperación sin exigir una fusión institucional que el documento no proponía.

El operador común tendría un nombre tan largo como su lista de tareas: Interagency Research Internet Organization, IRIO. Leiner la imaginó como entidad independiente sin ánimo de lucro que contrataría ingeniería, operación, mantenimiento y apoyo a usuarios. Un consejo político de agencias financiadoras la dirigiría, con presidencia rotatoria. Un consejo técnico recogería la voz de ingenieros, redes participantes y científicos. El investigador acudiría en primer lugar a su personal de soporte local, mientras la IRIO coordinaría y ayudaría a esos equipos.

Una interconexión nacional necesitaba también a alguien que atendiera el teléfono cuando fallara.

El dinero no desaparecía con el segundo cable. Las agencias participantes aportarían inicialmente partes iguales a los gastos de operación de la IRI. Más adelante, esas cuotas podían ajustarse por usuarios, tráfico o tipo de servicio. Una agencia se encargaría del contrato y recibiría transferencias de las otras para pagar a la IRIO; el RFC todavía no designaba cuál. La investigación destinada a mejorar la red se pagaría desde presupuestos propios de cada agencia, coordinados por el consejo. Operar juntos no obligaba a meter todos los proyectos de investigación en una caja común.

Las cifras previstas revelan el tamaño del compromiso. El RFC calculaba 10 millones de dólares de operaciones para el ejercicio fiscal 1987: 2 millones de capital y 8 de operación y mantenimiento. La tabla mantenía 10 millones para 1988 y proyectaba 11, 12 y 13 millones para 1989, 1990 y 1991. Estimaba aparte 4 millones de investigación para 1987. El presupuesto de operaciones cubría las pasarelas, el tránsito y los servicios compartidos; dejaba fuera los costes de las redes que cada agencia ya poseía. Ahorrar una conexión universitaria movía la factura a un punto compartido y explícito.

Por eso el documento no se resolvía con dibujar una pasarela entre dos recuadros. Había que decidir dónde instalarla, quién pagaría la línea, quién la mantendría, quién atendería al usuario y cómo se repartiría el coste al crecer el tráfico. Leiner separó esos trabajos para que las agencias conservaran sus redes y, a la vez, encargaran a una organización común la franja que compartían. Una ruta de paquetes podía atravesar límites administrativos; la factura tenía que hacerlo también.

El RFC se presentó como un documento de ideas abierto a discusión. El campus del ejemplo sirve para medir el plan con una pregunta que cualquiera entiende: ¿por qué construir otra entrada al mismo lugar cuando se puede acordar un pasillo entre las redes? Los registros de pasarelas instaladas, contratos firmados y accesos reales permitirían seguir la historia posterior. En 1987, la apuesta ya estaba clara: menos duplicación a pie de campus y más responsabilidad definida en el centro compartido.