Resumen

  • El piloto de Georeferencer abierto por la British Library en febrero de 2012 permitía emparejar lugares de un mapa histórico con sus posiciones en un mapa de referencia.
  • Las vistas inmediatas y los controles visuales acompañaban la colaboración. El estudio del proyecto atribuye a cinco participantes la mitad del trabajo de la primera ronda, que también requirió correcciones del personal.

Unas 90 personas terminaron la primera ronda de trabajo en menos de una semana. Cinco hicieron la mitad. La British Library las invitó después a visitar sus colecciones: podía agradecerles la ayuda y preguntarles cómo habían trabajado. El estudio de los responsables del proyecto conserva esos resultados de su piloto de 2012. Una convocatoria abierta había encontrado a unos lectores especialmente perseverantes.

Cuando los voluntarios acabaron, a los bibliotecarios les quedaban errores por corregir. Los autores describen esa revisión manual como relativamente laboriosa. El éxito de la invitación había acelerado una parte del proceso; el personal debía atender lo que llegaba después. Entre unos y otros estaban dando a los mapas una manera nueva de aparecer en las búsquedas.

El encargo consistía en unir lugares reconocibles en dos imágenes: el mapa antiguo y una cartografía de referencia. Cada pareja de puntos daba al programa información para colocar la imagen histórica en una posición geográfica. Las coordenadas resultantes permitían buscarla por su ubicación. La observación de un lector se convertía en una ayuda para que otro encontrara el documento.

La British Library abrió el piloto en febrero de 2012 con los Ordnance Survey Drawings de Inglaterra y Gales y la Crace Collection de mapas de Londres. El estudio de caso depositado por los autores en la biblioteca explica que las imágenes ya estaban digitalizadas. Encontrarlas dependía sobre todo de descripciones escritas. Desde su publicación en línea en 2003, los usuarios pedían herramientas para localizarlas mediante la geografía.

La invitación del 15 de febrero de 2012 ofrecía empezar con un mapa al azar o elegir uno en la Online Gallery. La biblioteca podía proponer el destino y el lector podía insistir en su barrio favorito. Ambas rutas desembocaban en el mismo pequeño trabajo de identificación.

La pantalla mostraba dos mapas, con búsqueda de topónimos y controles de ampliación. Los resultados de la búsqueda se limitaron al Reino Unido porque muchos nombres británicos se repetían en otros países. La costumbre de reciclar nombres de lugares tenía consecuencias prácticas: antes de colocar una calle había que asegurarse de estar en el continente adecuado.

El formulario de acceso esperaba hasta que el visitante terminaba y guardaba el trabajo. Podía utilizar una cuenta existente de Google, Facebook o Twitter, o crear otra con un correo electrónico. Los responsables explican que querían reducir el esfuerzo de registrarse. Primero se ofrecía la oportunidad de probar la actividad; después llegaba la identificación de quien aportaba los puntos.

Al guardar, la pestaña de visualización presentaba el mapa histórico sobre imágenes de Google Earth. Aquella función necesitaba el complemento de Google Earth para el navegador. La recompensa era inmediata: el visitante veía dónde habían colocado el documento sus propias decisiones.

MapAnalyst añadía una forma de inspeccionarlas. Los círculos rojos y una cuadrícula de deformación señalaban incoherencias entre los puntos. La herramienta invitaba a mirar otra vez el resultado y localizar ajustes problemáticos. La colaboración tenía un pequeño circuito de respuesta dentro de la misma actividad.

El informe del equipo de noviembre de 2012 permite ver cuánto podía variar esa atención. El programa exigía al menos tres puntos por mapa; un participante puso 352 en una hoja de la British Library. La tarea admitía una entrada sencilla y también una inspección prolongada. El historial de edición vinculaba los cambios a sus autores y permitía volver a estados anteriores.

Para la revisión institucional, los informes y las visualizaciones ayudaban a localizar problemas concretos que el personal corregía. Las coordenadas servían al objetivo de encontrar mapas por su área geográfica. En pocos días se incorporaron al portal Old Maps Online, que añadió otra ruta de acceso a las imágenes. El trabajo de aquellos lectores empezaba a servir a personas que ni siquiera habían participado en el piloto.

La segunda ronda, lanzada en octubre de 2012, pasó a reconocer los puntos introducidos en lugar del número de mapas completados. Según el informe de noviembre, unas 700 hojas se georreferenciaron en seis días. El cambio hacía visible parte del esfuerzo dentro de cada mapa. Los lectores habían ayudado a colocar los documentos; sus marcas permitían que otros lectores llegaran después hasta ellos.