Resumen

  • El estreno de OpenCourseWare, en septiembre de 2002, ofreció 32 cursos preparados con la colaboración de docentes y personal técnico y editorial.
  • En 2004, la directora del proyecto describió tanto los materiales que llegaban en cajas como la impaciencia de quienes buscaban un curso concreto.

Un estudiante tenía examen de procesamiento de señales el lunes. Escribió a MIT para preguntar si podían publicar el curso aquella misma tarde. Anne H. Margulies, directora ejecutiva de OpenCourseWare, contó el episodio en una intervención de marzo de 2004. El acceso universal al conocimiento acababa de recibir una fecha de entrega bastante exigente.

La urgencia tenía su lógica. El sitio ya ofrecía material útil; al estudiante le faltaba precisamente el que necesitaba. Desde la pantalla, publicar otro curso podía parecer un trámite. Desde la oficina, podía empezar por abrir una caja.

Había que fabricar la página

MIT anunció la iniciativa en abril de 2001. El sitio piloto se abrió el 30 de septiembre de 2002, con 32 cursos procedentes de 16 departamentos. El de álgebra lineal de Gilbert Strang incluía vídeos de sus clases. Materiales empleados en la enseñanza quedaban disponibles para lectores que no estaban sentados en aquellas aulas.

La descripción de Margulies devuelve peso físico a esa operación. Los docentes entregaban archivos y cajas, diapositivas y fotografías de apuntes en una pizarra. Incluso cuando todo llegaba en formato electrónico quedaban tareas por hacer. Dar una asignatura y preparar sus materiales para una publicación web eran trabajos distintos.

Además, un profesor podía autorizar su propia obra y haber incorporado material ajeno a sus explicaciones. El equipo revisaba los documentos, obtenía permisos de publicación y trataba los contenidos sensibles o confidenciales. La decisión de compartir gratuitamente exigía mirar lo que se estaba compartiendo, página por página.

Por eso importaba el contenido de cada curso. Algunos eran muy abundantes; otros, más escuetos, según Margulies. A quien tenía examen le servían unas notas concretas. El número total del catálogo podía ser magnífico y seguir sin resolverle la tarde.

La promesa necesitaba personal

La retrospectiva oficial de MIT publicada en 2012 recuerda a los equipos de 2002: tecnólogos y responsables de proyecto construían sistemas de gestión y procesos; especialistas de contenido trabajaban con profesores y personal docente para convertir apuntes y programas en sitios web.

También describe un lanzamiento discreto, con trabajo técnico pendiente y trabajadores atentos a los servidores. Abrir las puertas al mundo estaba muy bien. Convenía que las bisagras aguantaran.

En septiembre de 2003 se habían publicado 500 cursos, explicó Margulies. Una vez preparado, el mismo conjunto podía ayudar a otro docente a organizar una clase, a alguien que estudiara por su cuenta o a un alumno en busca de una explicación. El esfuerzo invertido una vez podía aprovecharse muchas veces.

El correo del estudiante permite ver los dos relojes del proyecto. El material terminado viajaba deprisa; producirlo seguía requiriendo trabajo local. La web acortó la distancia entre MIT y sus lectores. A la mesa de edición le añadió una audiencia mundial con razones muy personales para pedir que todo estuviera listo esa tarde.