Resumen

  • El Bookmobile descargaba obras de dominio público por satélite y las convertía en libros durante una gira iniciada en 2002.
  • El proyecto calculaba una producción de cuatro a seis ejemplares por hora y proponía que escuelas y bibliotecas instalaran sus propios talleres.

En el inventario del Bookmobile había una guillotina manual. Conviene aclarar pronto que era para papel: la gran ambición de esta biblioteca digital consistía en entregar libros bien terminados. Internet podía traer una novela; para meterla en una mochila había que hacer unas cuantas cosas más.

La ruta de 2002 da una escala humana al proyecto. Después de los actos de lanzamiento, la visita escolar del 30 de septiembre llevó el vehículo a Menlo Park. Siguieron Salt Lake City, Ohio, Pittsburgh, Baltimore y Washington. Brewster Kahle y su hijo Caslon fabricaron libros en escuelas, bibliotecas y otros lugares del recorrido.

La explicación de Internet Archive combinaba dos objetivos: descargar e imprimir obras de dominio público y enseñar a las instituciones a continuar el trabajo cuando la furgoneta se marchara. La conexión por satélite acercaba el archivo. El taller acercaba el ejemplar terminado.

El dólar tenía letra de contable

La relación de material incluía impresión a doble cara, impresora de cubiertas, encuadernadora y guillotina. El equipo decía haber montado el vehículo en aproximadamente un mes por unos 14.000 dólares, con equipos informáticos donados por HP. Llevarlo de un lugar a otro añadía conexión por satélite y generador.

Una instalación fija resultaba más asequible. Para una escuela o biblioteca con ordenador e impresora de cubiertas, el cálculo era de unos 3.000 dólares. El láser en color figuraba como prescindible; la impresión a doble cara, como casi indispensable. La ficha incluso recogía las penas causadas por una impresora de cubiertas demasiado barata. La revolución cultural también tenía atasco de papel, en sentido presupuestario.

El lema ofrecía libros por un dólar. En la misma página, los consumibles para 240 páginas se estimaban entre 1,65 y 2 dólares. Las obras más cortas y los descuentos o donaciones ayudaban a sostener el eslogan. Son cálculos históricos del propio proyecto: permiten ver qué se compraba con el dinero y qué condiciones hacían atractivo el precio.

La capacidad prevista era de cuatro a seis libros por hora. Una petición larga ocupaba la maquinaria; cada ejemplar necesitaba su acabado. La abundancia de archivos convivía con un recurso mucho más escaso: el tiempo de la mesa de trabajo.

Según la lista de libros más hechos durante el viaje, entre los favoritos estaban El maravilloso mago de Oz y Alicia en el país de las maravillas. El resultado cabía en las manos y podía quedarse en casa. A partir de ahí, el lector tenía una copia que seguía funcionando aunque la furgoneta y su antena estuvieran ya en otra ciudad.

El Bookmobile hizo visible una parte humilde de la historia de Internet: para repartir conocimiento, a veces había que repartir también la capacidad de fabricar su soporte. La guillotina tenía su sitio en el proyecto.