Resumen

  • El Transcription Center del Smithsonian repartió entre voluntarios la transcripción y revisión de documentos, con aprobación del personal de la institución.
  • La indexación del texto esperaba a que se revisaran todas las páginas del proyecto; los retos de una semana ayudaban a concentrar esfuerzos en acabarlo.

Terminar un cuaderno tiene menos publicidad que empezar una expedición. Quedan las páginas difíciles, las líneas torcidas y ese último repaso que siempre puede hacer otra persona. En el primer Transcription Center del Smithsonian, esa otra persona podía resultar decisiva: el texto entraba en el índice cuando todo el proyecto había pasado por revisión. La página menos vistosa tenía una responsabilidad considerable.

La idea se entendía bien en el llamamiento de Smithsonian Institution Archives de noviembre de 2013: leer documentos y teclear sus palabras para poder buscarlas. Una imagen digital permitía abrir el cuaderno desde lejos. El texto transcrito permitía localizar algo dentro sin recorrerlo hoja por hoja. Entre ambas comodidades había ojos, paciencia y pulsaciones de teclado.

La vitrina tenía una casilla para escribir

La oficina informática de la institución creó el centro en junio de 2013. Según la investigación publicada por Lesley Parilla y Meghan Ferriter en 2016, el voluntario veía la imagen a la izquierda y el espacio de transcripción a la derecha. Podía cambiar de colección; cada página indicaba si necesitaba transcripción, revisión o estaba terminada. El museo ofrecía libertad para curiosear y una manera concreta de echar una mano.

Cualquiera podía transcribir, incluso sin cuenta. Los usuarios registrados podían revisar, y el personal aprobaba las páginas una vez transcritas y revisadas. Cuando se completaba la revisión de todo un documento, se ofrecía un PDF y su contenido se hacía buscable en Collections Search Center. Había que llevar el trabajo hasta ese destino para que la lectura de hoy facilitara la búsqueda de mañana.

En una actualización de julio de 2014, Ferriter contó que el centro había añadido aquella primavera un espacio de notas para conversar con otros voluntarios y con el personal. Algunos participantes consultaban las novedades para encontrar proyectos que necesitaban ayuda. Los apuntes de campo de Ellsworth Paine Killip en Colombia, de 1944, ofrecían un ejemplo acabado: doce voluntarios habían transcrito y revisado sus 59 páginas. Un cuaderno de un botánico, una pequeña tertulia de lectores.

Al buscador no le servía el «casi»

La coordinadora observó que la transcripción avanzaba deprisa y las revisiones quedaban atrás. El estudio de 2016 explica la importancia de esa diferencia: todas las páginas debían superar la revisión antes de indexar el texto del proyecto. Mucho trabajo ya hecho podía seguir esperando su salida al buscador.

Los retos de revisión de siete días, entre ellos el de abril de 2015, reunían atención alrededor de esa tarea pendiente. Se compartían los totales diarios de páginas terminadas. La convocatoria daba a los participantes un objetivo próximo y visible: rematar lo que ya estaba encaminado. La última comprobación conseguía, por fin, un poco de protagonismo.

Así se construía una forma útil de abrir el museo en Internet. Las colecciones necesitaban imágenes, pero también instrucciones, conversaciones y turnos de lectura. Una búsqueda acertada al final del recorrido podía ocultar todo ese esfuerzo. El visitante encontraba una palabra; antes, alguien se había detenido a entender la letra.