Resumen

  • El servicio HoPEc permitía seleccionar trabajos propios entre las sugerencias y confirmar los cambios mediante un código enviado por correo.
  • En 2009, RePEc pedía mantener variantes del nombre, versiones y citas; una vuelta de la búsqueda automática por las personas registradas rozaba los tres meses.

Michael B. Devereux y Michael P. Devereux eran dos economistas distintos. Una ficha que dijera simplemente Michael Devereux dejaba al catálogo con una tarea pendiente. La inicial del medio podía tener más trabajo del que sugería su tamaño.

El equipo de HoPEc expuso el caso en un artículo de julio de 2000. Las grafías cambiaban, las iniciales abreviaban y los registros llegaban desde archivos diferentes. Para enlazar una persona con sus trabajos, el proyecto recurrió a una fuente con bastante conocimiento del asunto: la propia persona.

El servicio de registro había comenzado en 1999. Tras aportar sus datos, el investigador marcaba sus obras entre las propuestas. También podía introducir el identificador de un trabajo que no apareciera en ellas, siempre que ya estuviera registrado en RePEc. Los cambios se confirmaban con cuatro cifras recibidas por correo electrónico.

El diseño buscaba ahorrar la administración de contraseñas olvidadas y evitar que alguien resolviera el problema creando otra cuenta. Los responsables seguían previendo comprobaciones manuales de duplicados. Hasta una biblioteca digital necesitaba alguien que volviera a mirar.

Un incentivo fácil de explicar

Los consejos de abril de 2009 para mejorar la posición en las clasificaciones de RePEc daban a esa colaboración un motivo muy reconocible.

Había que incluir todos los trabajos y conservar la versión de documento de trabajo después de publicarse el artículo en una revista. Tener ambas permitía enlazarlas. También convenía completar las variantes del nombre y revisar las citas cuya correspondencia no ofrecía suficiente confianza al sistema.

¿Se había rechazado una obra propia por error? Se podía recuperar de la lista de rechazadas y repetir la búsqueda. El orden del catálogo tenía consecuencias para cómo aparecía el trabajo de cada cual. Pedir ayuda empezaba por ahí.

La máquina pasaba, pero no todos los días

En mayo de 2009, el proyecto explicó una diferencia útil. Un documento añadido a un archivo solía aparecer en los principales buscadores del servicio en 24 horas. Al día siguiente, su autor podía incorporarlo al perfil.

La búsqueda automática rotaba entre 27.000 personas registradas y necesitaba casi tres meses para completar la vuelta. Consumía recursos de la máquina y normalmente no encontraba novedades. Por eso se animaba a quien supiera que su nuevo trabajo estaba disponible a entrar y buscarlo por su cuenta.

El artículo podía haber llegado mientras el aviso seguía recorriendo el vecindario.

Cada corrección tenía su ventanilla

La nota del 24 de diciembre de 2009 puso límites al servicio de favores. Las publicaciones ausentes o mal descritas debían tratarse con los responsables del archivo correspondiente: los editores controlaban esos registros. Los autores podían corregir las obras y afiliaciones de sus propios perfiles.

El equipo hablaba de unos 300 trabajos nuevos indexados al día y cerca de 23.000 autores inscritos. Todo ello se sostenía con trabajo en el tiempo libre.

RePEc había repartido una parte del archivo entre personas que conocían su contenido y tenían razones para cuidarlo. Antes de pedir que alguien encontrara tus artículos, había una tarea bastante razonable: señalar cuáles eran.