Resumen

  • A mediados de junio de 2011, los voluntarios habían transcrito 398.078 entradas de platos procedentes de 7.467 menús.
  • La consulta cruzada dependía de muchas tareas pequeñas y de conservar el camino de vuelta a la imagen de cada menú.

Poner una cena antigua en internet tiene una ventaja evidente: nadie exige que siga caliente. Conseguir que se pueda investigar exige algo más. En 2011, la New York Public Library invitó a los internautas a leer menús históricos y copiar unos cuantos platos. El proyecto What's on the Menu? daba a cada visitante una tarea concreta, breve y terminable.

El relato del National Endowment for the Humanities, publicado el 28 de junio de 2011, ofrece una buena prueba del resultado. Buscar «tripe» devolvía cientos de referencias, desde 1885 hasta comienzos del siglo XX. Para seguir la pista a los callos ya se podía saltar de menú en menú con una pregunta, en vez de revisar la colección página por página.

La escala había llegado por acumulación. A mediados de junio, el proyecto sumaba 398.078 transcripciones de platos de 7.467 menús. Cada entrada correspondía a un plato escrito en un menú. Que reapareciera en otra ocasión aportaba otra observación. La interfaz reunía esas aportaciones en un formato coherente y susceptible de búsqueda.

El hallazgo bonito venía acompañado de una obligación bastante seria: poder comprobarlo. La documentación de la API beta de la NYPL conecta platos con menús, páginas e imágenes, y conserva su posición dentro de la página escaneada. Así se podía regresar al documento y leer lo que rodeaba a una entrada. El buscador daba el atajo; el original permitía revisar el trayecto.

La documentación ofrecía también descargas CSV quincenales. Un investigador podía llevarse los registros y preparar sus propias comparaciones. A partir de ahí importaba mucho qué representaba cada valor. Los precios máximo y mínimo documentados correspondían a cantidades en dólares. Para otras monedas, esos valores quedaban vacíos; la normalización monetaria figuraba como trabajo futuro.

Las fechas requerían una atención parecida. Una ausencia podía deberse a un menú sin fecha o a una entrada pendiente de actualización. La fecha de transcripción identificaba el trabajo del voluntario; la del menú situaba la comida en el tiempo. Mezclarlas serviría un excelente gráfico de historia culinaria con los siglos en la mesa equivocada.

La biblioteca había empezado pronto a hacerse preguntas sobre el después. En el resumen de su presentación en CNI de diciembre de 2011, Barbara Taranto, directora del programa digital de la NYPL, describía una actividad algo estabilizada tras la popularidad inicial. Planteaba la calidad, la longevidad y el lugar donde debían residir los datos aportados.

Esa es la parte menos festiva del reparto. El voluntario podía cerrar la pestaña al terminar unos platos. La institución conservaba el trabajo de atender correcciones, aclarar significados y sostener las imágenes que permitían comprobar cada lectura. Un archivo gastronómico había aprendido a responder preguntas. Alguien tenía que seguir pagando la cuenta de sus respuestas.