Resumen

  • En 1995, la NLM advertía que recibir el Visible Man podía exigir hasta dos semanas de conexión ininterrumpida y 15 GB de almacenamiento.
  • El permiso en papel abría la cuenta FTP; las cintas y los espejos regionales proporcionaban caminos adicionales para recibir los archivos.

El primer accesorio para una gran descarga científica era un bolígrafo. Las instrucciones de la National Library of Medicine de 1995 pedían dos ejemplares de un acuerdo, firmas originales de los responsables de la institución y una explicación del uso previsto. Había que enviarlo todo a Bethesda. Volvía una copia firmada, acompañada de la cuenta y la contraseña FTP. La autopista de la información pasaba por correos.

Al final del recorrido esperaba el Visible Man: imágenes anatómicas, de tomografía y de resonancia magnética obtenidas de un cuerpo humano y publicadas en internet en noviembre de 1994. El boletín técnico de la NLM de julio–agosto de 1995, páginas 13–14, calculaba que el usuario podía necesitar hasta dos semanas de conexión continua y 15 GB de espacio. El acceso a los datos por internet era gratuito. La capacidad para recibirlos tenía que ponerla el destinatario.

Había otras opciones. Con las credenciales llegaba información para comprar los archivos en cintas Exabyte o DAT. Tanto FTP como las cintas distribuían archivos UNIX comprimidos. Se podía obtener una parte del conjunto o todo él. También existían imágenes de muestra reducidas; una muestra en color a tamaño completo podía superar los siete megabytes. Mirar el escaparate y llevarse el material de trabajo eran operaciones de distinto tamaño.

La responsabilidad de distribuirlo fue cambiando. Un relato de primera mano presentado en la conferencia de la NLM de 1998 señala que el National Center for Atmospheric Research prestó inicialmente el servicio principal por internet. La NLM atendía a ciertos desarrolladores y evaluadores, y pasó a ser el proveedor principal en enero de 1996, al incorporarse el conjunto femenino a su colección.

Cruzar océanos seguía costando capacidad. Los operadores del espejo de Milán describieron dificultades de ancho de banda transoceánico incluso para un archivo de siete megabytes. Socios internacionales ofrecieron enlaces, equipos y almacenamiento sin coste para la NLM. La colaboración con Politecnico di Milano y el apoyo técnico y administrativo de CILEA permitió disponer de una copia completa para los usuarios de Europa continental.

Acercar los archivos tenía sentido. Los usuarios, sin embargo, trazaban rutas propias. En sus conclusiones, los responsables observaban que algunos alemanes y franceses seguían acudiendo a la NLM, mientras Milán recibía accesos desde Taiwán y Singapur. El servidor más cercano en el mapa podía tardar más. El equipo quería investigar esas elecciones y dar a conocer mejor el servicio.

La biblioteca controlaba la autorización. Los operadores, las conexiones y los discos condicionaban cuánto podía aprovecharla un investigador. El espejo añadía un punto de entrega y una institución dispuesta a mantenerlo. La gratuidad del archivo tenía detrás una distribución muy concreta de gastos y responsabilidades.

Aquella advertencia de dos semanas retrata bien el momento: la red permitía ofrecer una enorme colección científica a distancia, pero recibirla merecía un hueco en el calendario. Publicar la dirección era el comienzo. El servicio terminaba cuando los archivos llegaban al lugar donde alguien iba a trabajar con ellos.