Resumen

  • Hawaiki Submarine Cable LP opera un solo cable con dos capacidades de diseño publicadas: 43,8 Tbps en las crónicas que rodearon su lanzamiento de julio de 2018 y 67 Tbps en la página de red del operador tal como se consultó el 24 de octubre de 2026.
  • La obra física no ha cambiado: tres pares de fibra, un trazado de unos 15.000 km y cinco puntos de amarre — Sídney, Mangawhai Heads en Nueva Zelanda, Tafuna en Samoa Americana, Kapolei en Hawái y Pacific City en Oregón.
  • En 2022 BW Digital completó la compra de Hawaiki Submarine Cable LP y ese mismo año anunció un segundo sistema, Hawaiki Nui. Quien publica la cifra de capacidad es ahora también quien vende el cable siguiente, y eso convierte la aritmética en algo que afecta directamente a quien compre capacidad, invierta en ella o tenga que regularla.

Un cable submarino es una de las pocas piezas de infraestructura de Internet donde el argumento comercial del instalador puede sobrevivir intacto durante años después de que la electrónica que lo sostenía haya sido sustituida. El vidrio en el fondo del mar es un compromiso pasivo, caro y de décadas. La capacidad que se le atribuye es una afirmación móvil sobre los equipos de cada orilla, sobre la generación técnica de la que salieron y sobre la ambición comercial de quien firma la orden de compra.

Hawaiki es un caso limpio de confusión entre ambas cosas: sus dos cifras publicadas llevan la misma etiqueta de capacidad de diseño y ningún documento explica la otra.

De dónde sale la cifra

El 18 de julio de 2018, ITWire informó de que Hawaiki Submarine Cable LP había iniciado la explotación comercial de un cable de 15.000 km que une Australia, Nueva Zelanda, el Pacífico y Estados Unidos, y describió al operador como un retador independiente de las telecomunicaciones (ITWire, 18 de julio de 2018). Ese pasaje es uno de los pocos del expediente que cita a un medio palabra por palabra en lugar de resumirlo.

Al día siguiente, ZDNet puso números: 300 millones de dólares, un sistema que entraba en servicio entre Australia, Nueva Zelanda y Estados Unidos, obras iniciadas en abril de 2016, tres pares de fibra —dos entre Sídney y Estados Unidos, uno entre Nueva Zelanda y Estados Unidos—, una capacidad de diseño de 43,8 Tbps y una propiedad privada codirigida por Sir Eion Edgar y Remi Galasso, con financiación adicional de Malcolm Dick. También nombró clientes ancla: Vodafone Nueva Zelanda, AWS, ASTCA y REANNZ (ZDNet, 19 de julio de 2018).

Es buen periodismo de lanzamiento, muy concreto, y 43,8 Tbps es la cifra que la mayoría del sector sigue asociando al sistema. Conviene precisar qué significa un número así en el momento del lanzamiento: describe una configuración. Tantos pares de fibra, tal separación entre repetidores, tal generación de tarjetas terminales, tal modulación, tal reparto espectral. Todas esas variables viven en los extremos del cable o dentro de los repetidores, nunca en la fibra. El ancho de banda utilizable del vidrio es enorme; lo que el operador puede vender es lo que su electrónica logra exprimir del espectro, par a par.

Aparece el segundo documento. La página de red del propio operador —consultada el 24 de octubre de 2026 para este artículo y conservada en forma de resumen, no de texto de página inspeccionado— declara una capacidad de diseño total de 67 Tbps para un sistema que conecta Nueva Zelanda, Australia, Samoa Americana, Hawái y el territorio continental estadounidense (página de red del operador). El mismo cable. El mismo operador. Los mismos cinco países. Una capacidad de diseño 23,2 Tbps mayor.

La postura honesta es que puede que estos dos números no describan la misma magnitud. Uno puede ser la capacidad disponible o equipada al entrar en servicio en 2018; el otro, el techo teórico de una construcción más completa. Dos referencias técnicas independientes conservadas para este artículo dicen exactamente eso: ambas señalan la ambigüedad entre 43 y 67 y sugieren, sin confirmarlo, una distinción entre capacidad inicial o disponible y capacidad de diseño (mapa de cables submarinos de TeleGeography; ficha del sistema en Submarine Networks). El texto completo de ninguna de las dos páginas estaba disponible al escribir esto, lo cual forma parte del asunto y merece su propio apartado.

Así que las dos cifras deben publicarse, fecharse y dejarse una junto a la otra. Lo que puede afirmarse con seguridad es más estrecho y más útil: el número que el mundo cita para Hawaiki nunca fue una propiedad fija del cable. Fue una afirmación con fecha y con fuente, y la más reciente lleva un valor distinto del que se dio en el lanzamiento.

Tres pares y un techo móvil

La descripción física sí es estable a lo largo de una década. Tres pares de fibra, unos 15.000 km, cinco países de amarre y servicio comercial desde julio de 2018 (ITWire; TeleGeography). Dos pares van de Sídney a Estados Unidos; uno, de Nueva Zelanda a Estados Unidos (ZDNet). Esa asimetría merece una pausa, porque explica buena parte de cómo se fabrican y se venden las capacidades en la región.

Un cable transpacífico no es un tubo uniforme. Cada par es un sistema óptico propio, con sus terminales en cada extremo. Si dos pares terminan en Sídney y uno en Mangawhai Heads, un cliente que compra capacidad en Nueva Zelanda compra una porción del cable distinta de la que compra un cliente australiano, y con una economía de actualización diferente detrás. Los 15.000 km son implacables con la relación señal-ruido: cuanto más largo el tramo y más escasos los puntos de regeneración, más depende la capacidad alcanzable por par de la sofisticación de los terminales y menos del espectro bruto.

La consecuencia comercial es sencilla. Desde 2018 la industria de la óptica coherente no ha dejado de lanzar generaciones de equipos terminales que meten más bits en el mismo par y en la misma cadena de repetidores. Cuando un operador adopta una de esas generaciones, la capacidad utilizable de un cable ya instalado sube sin que se haya tendido un solo metro nuevo de planta submarina. Ahí está todo el atractivo económico del cable como activo: la parte cara, lenta y sujeta a permisos ocurre una vez, y la capacidad que va encima se refresca cambiando tarjetas en tierra.

El expediente de Hawaiki contiene exactamente ese movimiento. En noviembre de 2020, Telecompaper informó de que Hawaiki Submarine Cable desplegaría la tecnología WaveLogic 5 Extreme de Ciena, y describió a Hawaiki como propietario y operador del sistema transpacífico de 15.000 km que conecta Australia, Nueva Zelanda y Samoa Americana (Telecompaper, 23 de noviembre de 2020). El texto es breve y prospectivo —un anuncio de despliegue, no una medición— y no indica qué capacidad resultó. Pero establece el mecanismo en este caso concreto: un refresco de terminales sobre fibra existente, anunciado como una historia de capacidad.

De ahí que la pregunta '¿cuánta capacidad tiene Hawaiki?' admita al menos cuatro respuestas defendibles según el tiempo verbal. Lo que se diseñó en 2016. Lo que estaba disponible al entrar en servicio en 2018. Lo que quedó equipado tras la actualización de 2020. Y lo que el propietario anuncia hoy. Solo la primera es una propiedad del cable tal como se construyó. Las demás son decisiones de compra.

Quién firma la cifra

Aquí la historia deja de ser óptica y pasa a ser control societario, que es donde las cifras de capacidad adquieren su verdadera importancia.

En el lanzamiento, Hawaiki era de propiedad privada, codirigido por Sir Eion Edgar y Remi Galasso con financiación adicional de Malcolm Dick, y salió al mercado con clientes ancla ya nombrados (ZDNet). Es una estructura de fundadores y arrendatarios ancla: la capacidad se vende por anticipado a un puñado de grandes compradores y la cifra publicada sirve a la vez como afirmación técnica y como señal de cuánto espacio queda para los demás.

En 2022 esa estructura cambia. BW Digital, presentado como parte del grupo BW, completó la compra de Hawaiki Submarine Cable LP y metió el cable en la cartera de infraestructuras del grupo (aviso de BW Group; página de Submarine Networks sobre la adquisición). Los detalles escasean en el material conservado: ni precio, ni fecha exacta de cierre, ni lista de autorizaciones regulatorias. Lo que sí está claro es la dirección del control. La entidad que posee el cable, y por tanto la que decide qué se equipa y qué se anuncia, pasó a formar parte de un grupo de infraestructuras mayor.

Eso importa por una razón que no tiene nada de secreta y todo de incentivos. Un cable financiado por sus fundadores necesita convencer a unos pocos clientes ancla de que su capacidad es real y abundante. Un operador de cartera necesita convencer a los inversores de que sus activos tienen recorrido de crecimiento. Ambas necesidades se expresan en una cifra de capacidad publicada, y no necesariamente en la misma cifra. Cuando cambia el propietario, el número puede cambiar con él: no porque alguien mienta, sino porque el número está respondiendo a otra pregunta.

Por eso la brecha entre 43,8 y 67 merece contarse con cuidado en lugar de resolverse. El hecho interesante no es cuál de las dos es la correcta. Es que el mismo sistema, descrito por el mismo operador, lleva ahora una cifra casi una vez y media mayor que la de su lanzamiento, y que ningún documento del expediente explica la diferencia. Quien se apoye en el número no tiene forma de saber si el aumento refleja equipo realmente instalado, un diseño más completo previsto desde el principio o un desplazamiento en el uso del término.

El segundo cable como decisión

Queda una pieza más, y es la más reveladora.

En junio de 2022 —el mismo año de la compra— BW Digital anunció un segundo sistema submarino, Hawaiki Nui (anuncio de BusinessWire). La cobertura sectorial describe Hawaiki Nui como destinado a añadir capacidad y diversidad de red, y vincula explícitamente la adquisición con el nuevo proyecto (Submarine Networks). Los resúmenes conservados describen a Hawaiki Submarine Cable LP como propietario y operador del sistema original, y a BW Digital como matriz y desarrollador del nuevo.

Leídos juntos, esos dos hechos hacen visible una elección estratégica. El propietario de un cable existente con tres pares de fibra y una década de margen de actualización tiene, en principio, dos maneras de vender más capacidad: seguir refrescando los terminales de la planta que ya posee, o construir un trazado nuevo y venderlo. La segunda opción es mucho más cara, mucho más lenta y mucho más visible. También es la que el nuevo propietario anunció a los pocos meses del cierre.

Eso no significa que el cable existente esté agotado. Nada en el expediente sostiene tal cosa, y la cifra de 67 Tbps —sea lo que sea lo que mida— sugiere lo contrario. Lo que significa es que el ingreso marginal que el propietario espera obtener vendrá de forma desproporcionada de una ruta nueva y no de seguir apretando la vieja. Para cualquiera que modele la oferta de capacidad en el Pacífico, esa es la frase más informativa de todo el registro público: la asignación de capital del propietario revela qué opina del recorrido que le queda a su cable de 2018.

Para las economías de amarre, las implicaciones cambian punto por punto. Samoa Americana y Hawái figuran en la ruta como escalas intermedias, y su valor de conectividad depende de cómo se tarifique y se reparta la capacidad en esos amarres, un arreglo comercial que ningún comunicado de operador va a resolver. Sídney y Mangawhai Heads son los dos núcleos terminales donde los pares terminan de verdad y donde se concentra la economía de las actualizaciones. Un segundo cable que añada diversidad de red altera la posición negociadora de cada uno de esos puntos, de un modo que depende por entero de dónde amarre y qué conecte.

El anuncio de junio de 2022, tal como se conserva aquí, no lo dice.

Lo que el expediente no muestra

La honestidad intelectual obliga a ser explícito sobre las pruebas que sostienen este artículo, porque las lagunas son parte de la carga.

Tres fuentes sobreviven como extractos textuales informados por el proveedor: la crónica de lanzamiento de ITWire del 18 de julio de 2018, la de ZDNet del 19 de julio de 2018 y la nota de Telecompaper del 23 de noviembre de 2020 sobre el despliegue de Ciena. Son texto citado, y llevan el peso de un texto citado.

La página de red del operador que sostiene la cifra de 67 Tbps sobrevive solo como resumen redactado por el proveedor; el texto de la página no se inspeccionó directamente y el resumen no lleva fecha de publicación (página de red del operador). El aviso de BW Group sobre la adquisición sobrevive como resumen, igual que el anuncio de BusinessWire sobre Hawaiki Nui (BW Group; BusinessWire). Las dos páginas de referencia técnica sobre trazado y amarres sobreviven también como resúmenes, y ambas advierten de forma explícita que su propio texto no estaba disponible (TeleGeography; Submarine Networks). Cuando este artículo afirma que la página del operador dice 67 Tbps, hay que leer que lo dice un resumen consultado de esa página, no que la frase se leyera en la página.

Quedan por tanto varias preguntas abiertas, y no son decorativas. No está establecido si 67 Tbps designa capacidad diseñada, fabricada o actualmente equipada. No está establecido si la cifra de 43,8 Tbps medía lo mismo en 2018. La cadena societaria entre BW Digital, BW Group y Hawaiki Submarine Cable LP se apoya en comunicados y resúmenes, no en un registro mercantil ni en una presentación regulatoria. Faltan el precio, la mecánica de cierre y las autorizaciones de la operación de 2022.

Y el estado actual, la ruta, el calendario y la financiación de Hawaiki Nui descansan en un único resumen de anuncio de junio de 2022, sin ningún documento posterior inspeccionado.

Hay un registro más que conviene citar tal cual, porque es raro que una organización sea tan franca consigo misma. La ficha de Hawaiki Submarine Cable LP en el directorio de BTW señala que la entidad aparece con dos referencias públicas de apoyo y ningún operador confirmado, y que la ficha existe para enlazar esas pistas públicas con una organización responsable y sus relaciones (Hawaiki Submarine Cable LP). Es decir, la biblioteca de referencia que acompaña a este artículo es explícitamente un trabajo en curso sobre la misma pregunta —quién opera realmente esto— de la que depende en silencio una cifra de capacidad. El aviso de adquisición de 2022 la responde en el plano de la matriz. No la responde en el plano de quién firma el pedido de equipos.

Qué preguntar ahora

Para un planificador de red, un revendedor o un inversor que dimensiona una posición en capacidad del Pacífico, las preguntas útiles no son sobre totales en terabits. Son sobre fechas, propiedad y equipos.

Pregunte qué cifra se está citando, con qué fecha y por boca de quién. Un número de capacidad sin fecha ni propietario es un objeto comercial. Pregunte si describe capacidad diseñada, instalada o realmente disponible para la venta: tres magnitudes distintas que en la práctica reciben todas el nombre de capacidad de diseño. Pregunte qué generación de terminales está equipada en cada uno de los cinco amarres y cuándo fue el último refresco, porque eso, y no la fibra, determina qué se podrá vender el año que viene.

Y pregunte qué está construyendo el propietario: un operador que acaba de anunciar un segundo cable le ha dicho algo sobre el rendimiento que espera del primero.

Para un regulador o un lector de interés público, la pregunta es más simple y más antigua. Un amarre de cable es una pieza de infraestructura nacional con una vida de décadas, concedida con el entendimiento de que sirve al país que toca. La identidad de quien lo controla —y la dirección en la que apunta su inversión— importa más que la capacidad de titular, porque el control determina si el activo se sigue modernizando o se convierte en la mitad vieja de una cartera de dos cables.

Hawaiki no es un misterio ni un escándalo. Es un cable bien construido, con un lanzamiento bien documentado, un cambio de propietario, un segundo sistema en la mesa de dibujo y dos cifras de capacidad publicadas que nadie se ha molestado en conciliar en público. El cable no se mueve. La cifra, sí. Quien vaya a apoyarse en ella debería pedir su fecha y su dueño antes de firmar nada.