Resumen

  • El formulario de NEWTON permitía añadir información precisa sobre la edad para que los científicos voluntarios ajustaran la respuesta a los conocimientos de quien preguntaba.
  • Una guía de 1996 indicaba que los docentes podían recoger las respuestas al cabo de unos días. En 2004, DOE anunció mejoras y más difusión tras más de 12.000 preguntas atendidas desde 1991.

Recibir la respuesta de un científico tiene su encanto. Necesitar a otro científico para descifrarla empieza a complicar la plantilla. El primer servicio de preguntas por Internet de Argonne National Laboratory dejaba espacio para una pista útil: la edad de quien quería saber.

La idea aparece en la página 15 de una guía oficial de Particle Data Group revisada en abril de 2000. Ask A Scientist recibía respuestas de científicos voluntarios de todo el mundo a través del tablón electrónico Newton de Argonne. El formulario permitía incluir información muy concreta sobre la edad junto con la pregunta, para adecuar la explicación al nivel de conocimientos del lector. Un dato breve sobre la persona podía cambiar dónde empezaba una respuesta larga.

Entre un laboratorio y una clase hay una distancia de vocabulario, además de kilómetros. El experto puede identificar el problema sin saber qué conceptos domina su interlocutor. La edad aporta una orientación para decidir qué términos explicar y cuánto contexto recuperar. Al científico le sigue correspondiendo leer la pregunta y construir la respuesta.

Los profesores ya disponían de una entrada al servicio. El directorio educativo de Energy Information Administration publicado en marzo de 1996, en su página impresa 76, describía un tablón de Argonne con preguntas científicas, intercambio de ideas entre docentes y materiales curriculares. Era gratuito para los profesores. Se podía acceder mediante Telnet a newton.dep.anl.gov o con el navegador Mosaic desde la página del área educativa del laboratorio. La guía indicaba que las respuestas se recuperaban después de unos días.

Ese intervalo explica quién hacía el trabajo. La red sacaba la pregunta del colegio; al otro lado alguien tenía que prestarle atención. Un profesor debía contar con la espera al preparar una actividad. A cambio, podía acercar conocimiento especializado a su clase sin organizar una visita al laboratorio ni conseguir que el científico estuviera presente cuando surgiera la duda.

La consulta compartía espacio con materiales y conversaciones de docentes. Una pregunta podía nacer durante la preparación de una lección o un debate en clase. La utilidad de la respuesta se jugaba después, cuando tocaba emplearla. Un texto cargado de términos desconocidos podía llegar perfectamente al ordenador y quedarse esperando a que alguien abriera el embalaje.

En julio de 2004, el servicio apareció en una iniciativa educativa de DOE. Un comunicado original conservado por Brookhaven National Laboratory informó de más de 12.000 preguntas básicas y complejas atendidas por expertos desde 1991. El programa STARS proponía mejorar el software, añadir servicios, enlazar Ask A Scientist desde la portada de DOE y darle más publicidad.

El plan hacía más visible la puerta. Tras ella seguía habiendo tiempo humano que repartir. Dar a conocer el sitio permite preguntar a más gente y aumenta la necesidad de expertos disponibles. El espacio para la edad preparaba esa relación: además del asunto científico, entregaba al voluntario una pista sobre la persona que leería la explicación.

Así, una parte de la historia de Internet cabe en un pequeño campo del formulario. Encontrar al científico era una conquista; ayudarle a dirigirse al lector completaba el encuentro. La pregunta salía de la escuela con algo de la escuela a cuestas, para que la respuesta pudiera volver a su altura.