• El debate sobre la soberanía digital corre el riesgo de malinterpretar la naturaleza de la infraestructura global de Internet y fragmentar la conectividad.
• Los expertos cuestionan si los intentos de controlar la política regional de Internet mediante mecanismos centralizados podrían perjudicar la apertura y la cooperación.
La guía de direcciones que no es poder
Internet funciona en gran medida gracias a un conjunto de sistemas técnicos que asignan identificadores a computadoras y redes, conocidos como direcciones IP. En el núcleo de este sistema de numeración se encuentran los cinco Registros Regionales de Internet (RIRs, por sus siglas en inglés), entidades neutrales que registran quién posee qué rangos de direcciones para que las redes puedan comunicarse de manera confiable a través de las fronteras. En África, ese registro esAFRINIC.
Un comentario reciente enmarcó el papel de los RIR como similar a “una guía de direcciones” más que a una autoridad de gobierno.
Como dice el artículo,
“La persona que tiene la guía de direcciones no es dueña de las casas. No controla las calles. No controla a los residentes. Simplemente registra números”.
Esta metáfora captura una característica fundamental de la gobernanza de Internet: Internet funciona mediante la coordinación, no mediante un control jerárquico.
Esa distinción es importante en los debates actuales sobre la soberanía digital: la idea de que un estado o región puede ejercer una autoridad completa sobre la infraestructura digital y los flujos de datos dentro de su esfera. En el discurso político, la soberanía digital se ha convertido en una palabra de moda vinculada a la seguridad nacional, la autonomía económica y el control regulatorio.Los académicos señalanque la soberanía digital puede ser un arma de doble filo: si bien puede empoderar a los gobiernos para proteger los derechos de los ciudadanos en línea, también puede extender el poder estatal a áreas que restringen la apertura y la innovación.
La cuestión de la soberanía va más allá de la retórica política y llega a cómo funciona realmente la arquitectura de Internet. El modelo de los RIR se basa en la cooperación de múltiples partes interesadas: operadores técnicos, sociedad civil, gobiernos y empresas privadas contribuyen a las decisiones sobre identificadores y recursos. Este sistema fue diseñado para evitar que un solo actor imponga control sobre toda la red, que es inherentemente descentralizada por diseño.
Sin embargo, los llamados a una mayor soberanía a menudo intentan reinterpretar esa descentralización como un déficit que debe corregirse, en lugar de una fortaleza que debe preservarse. En África, algunos actores políticos han abogado por una autoridad digital unificada que pueda supervisar la política de Internet en todo el continente. Los críticos responden que esto malinterpreta la naturaleza inherentemente transfronteriza de Internet y corre el riesgo de reducir la conectividad a silos nacionales fragmentados.
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Soberanía versus conectividad: un equilibrio difícil
Las implicaciones prácticas de las reivindicaciones de soberanía digital plantean preguntas reales. El control estatal sobre las redes y los flujos de datos puede estar justificado en contextos como la aplicación de la ley, la protección de la privacidad o la defensa de infraestructuras críticas. Sin embargo, los académicos advierten que un énfasis excesivo en el control territorial puede entrar en conflicto con la arquitectura global de Internet, que fue construida intencionalmente sin fronteras físicas rígidas.
Por ejemplo, los esfuerzos por restringir los flujos de datos transfronterizos únicamente sobre la base de la soberanía territorial podrían socavar la interoperabilidad y la integración económica.
Incluso los defensores de políticas digitales nacionales más sólidas reconocen que los marcos legales por sí solos no pueden determinar completamente cómo funcionan las redes. Las infraestructuras técnicas, como los protocolos de enrutamiento y los sistemas de direccionamiento global, son construcciones inherentemente colectivas que dependen de la cooperación internacional.
Esta tensión —entre el deseo de control autónomo y los requisitos prácticos de una conectividad abierta— no es exclusiva de África. En todo el mundo, los gobiernos están lidiando con la manera de regular los servicios en la nube, las plataformas, la inteligencia artificial y los flujos de datos transfronterizos sin sofocar la misma apertura que hace valioso a Internet. El propio término soberanía digital puede oscurecer estas compensaciones matizadas cuando se invoca sin una definición o un contexto claros.
A medida que evolucionan los debates, los expertos técnicos, los formuladores de políticas y los foros de múltiples partes interesadas, como los convocados por la Internet Society y los RIRs, seguirán siendo fundamentales para dar forma a cómo se interpreta la soberanía en la práctica. En lugar de imponer el control mediante edictos centralizados, una gobernanza eficaz puede requerir enfoques híbridos que respeten tanto las autoridades legales como el diseño descentralizado de la red.

