Resumen
- El RFC 972 proponía para los equipos que optaran por implementarlo seis cadenas pronunciables de ocho caracteres; el usuario podía escoger una o pedir otra tanda.
- La variedad dependía de la semilla. El documento prefería una semilla común actualizada después de cada acceso, rechazaba usar la hora del día y describía un servicio TCP o UDP en el puerto 129.
La máquina presenta seis posibles contraseñas. El usuario mira el menú, pronuncia alguna sin hacerse un nudo en la lengua y elige. Si ninguna convence, pide otra tanda. F. Wancho convirtió esa escena casi doméstica en el Password Generator Protocol de enero de 1986. La parte divertida estaba a la vista; la decisiva, en la trastienda del generador.
Los administradores veían dos problemas que se perseguían mutuamente. Las contraseñas elegidas por personas eran fáciles de adivinar. Las fabricadas al azar podían ser difíciles de recordar si no se podían pronunciar. Además, algunos generadores se repetían por ciclos cortos. Había filtros de diccionario y ensayos con claves aleatorias; la receta aún no estaba resuelta por presentar una cadena que pareciera ingeniosa. Wancho indicaba que una versión del algoritmo funcionaba desde hacía años en un pequeño número de sitios.
Su RFC proponía un servicio en red para los equipos que quisieran usarlo, no anunciaba que todos los equipos ya lo hicieran.
La salida estaba definida con precisión: seis «palabras» de ocho caracteres cada una, separadas por CRLF. Su pronunciación razonable procedía de un algoritmo de varios niveles; el documento mencionaba una implementación FORTRAN-77 disponible para administradores. El usuario elegía entre las seis o solicitaba otra serie. Ese gesto humano importaba para la memoria. Sin embargo, las seis opciones podían parecer impecables mientras el mecanismo que las producía repetía material.
Por eso el texto se detiene en la semilla inicial. La singularidad de las palabras dependía mucho de su aleatoriedad. Wancho consideraba inaceptable basarla en el reloj. Quería una sola semilla para todo el sistema, actualizada tras cada acceso, y valores guardados con más de 32 bits. El reloj es una idea tentadora porque siempre está ahí; precisamente por eso el documento le cerraba la puerta. El servidor necesitaba estado y disciplina, no solo buenas sílabas.
El envoltorio de red era mínimo. En TCP, el servidor escuchaba en el puerto 129, enviaba seis palabras al establecerse la conexión y la cerraba, sin charla posterior. En UDP, respondía a un datagrama con otro datagrama que contenía la lista. El RFC imaginaba varios sitios capaces de ofrecer el servicio: selección aleatoria de uno y sitios alternativos cuando fallara. Cada cambio de sitio cambia también quién mantiene la semilla que alimenta la siguiente lista.
La ficha oficial del RFC fecha el texto en enero de 1986. No ofrece cifras de despliegue ni certifica la calidad de cada semilla utilizada. Lo que sí deja a la vista es la división de tareas: la persona decide cuál recuerda, el algoritmo decide cuáles puede ver y el operador decide si el sorteo se mueve o se queda girando sobre sí mismo. El menú tenía seis platos. La cocina llevaba la cuenta.
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