Resumen
- En otoño de 2000, estudiantes de MIT midieron dispositivos CMOS de 0,18 µm que permanecían en las instalaciones de Compaq.
- El navegador preparaba las pruebas; una cola y límites por ensayo repartían el tiempo del analizador.
Compaq aceptó recibir los deberes, pero el silicio se quedaba en casa. En otoño de 2000, un curso de posgrado de MIT pudo medir dispositivos CMOS de 0,18 µm en el centro Alpha Development Group de la empresa, en Shrewsbury, Massachusetts. Las preocupaciones por la propiedad intelectual habían cerrado la posibilidad de llevar una oblea al campus. Instalar allí una copia del WebLab abrió otra puerta.
Era una puerta con módem. En su relato de marzo de 2001, Jesús A. del Alamo explica que el sistema no podía conectarse detrás del cortafuegos de Compaq. Se recurrió a una línea telefónica y a un proveedor local, a 56 Kb/s. Según el responsable, la applet se descargaba con una rapidez razonable y las mediciones respondían bien. Para interrogar tecnología avanzada bastaba con pedir turno.
Una cola frente al transistor
MIT Microelectronics WebLab había llegado a las aulas en otoño de 1998. La primera versión tenía un dispositivo conectado. El artículo técnico de 2002 permite seguir el recorrido de una prueba: el estudiante configura una applet Java; el servidor convierte la petición en órdenes; un analizador de parámetros mide el componente; los datos vuelven al navegador.
La applet mostraba una selección de los controles del instrumento. Preparar rangos de tensión y corriente, decidir qué medir y representar las curvas eran tareas del ordenador del estudiante. El analizador solo quedaba ocupado durante la parte que exigía contacto con el dispositivo.
Las solicitudes se atendían por orden de llegada. El cliente detectaba errores comunes antes de enviarlas y se limitaba el número de puntos por experimento. En la hora de mayor actividad descrita para las observaciones del otoño de 2000, 13 usuarios presentaron 99 trabajos, con un tiempo total medio de ejecución inferior a 15 segundos. El laboratorio compartido dependía de que las visitas fueran breves.
La versión 4.0, publicada en junio de 2000, incorporó una matriz de conmutación que seleccionaba entre ocho dispositivos conectados. Permitía atender ejercicios de distintas asignaturas y disponer de alternativas si fallaba un componente. Los aparatos bajo prueba podían ser varios; las mediciones del analizador seguían su turno.
Descargar no es entender
Desde MIT, los estudiantes obtenían mediciones del material de 0,18 µm de Compaq y las comparaban con dispositivos más antiguos, de 1,5 µm, disponibles en el campus. Los resultados viajaban. La empresa conservaba el hardware que quería mantener bajo su custodia.
El estudio docente de 2002 encontró una dificultad menos fotogénica que la conexión remota: a los alumnos les costaba separar datos buenos y malos, manipular las medidas y comparar el comportamiento real con los modelos de clase. El botón de descarga entregaba números, y con ellos llegaba trabajo.
La organización era ingeniosa precisamente por su modestia: preparar en casa, ocupar unos segundos el instrumento y seguir pensando con los resultados. El chip se ahorraba el viaje. Al estudiante nadie le ahorraba las cuentas.
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