Resumen
- Las pruebas iniciales de LOCKSS usaron seis PC de 100 MHz a finales de 1999; la versión de producción llegó en abril de 2004.
- Las copias persistentes se comprobaban y reparaban entre bibliotecas, con permisos de recogida, herramientas para cada plataforma y mantenimiento.
El ordenador era viejo, pero el encargo venía sin ganas de jubilarse: conservar revistas académicas para que siguieran leyéndose. Los creadores de LOCKSS contaron en su artículo de junio de 2001 que las pruebas habían arrancado a finales de 1999 con seis PC de 100 MHz.
Victoria Reich y David S.H. Rosenthal habían fundado el proyecto ese año en Stanford Libraries. La biblioteca conocía bien el problema de guardar revistas. Lo nuevo era pagar por una publicación cuyos archivos seguían alojados en el servidor de otra organización.
Un enlace llevaba al lector hasta el editor. Para sostener esa lectura a largo plazo hacía falta un lugar donde custodiar las páginas. LOCKSS daba ese lugar a la propia biblioteca y lo conectaba con las copias de otras.
Un caché con vocación de estantería
El trabajo presentado en Freenix en 2000 explica el diseño temprano. El bibliotecario elegía los volúmenes y un programa recogía las páginas nuevas, aunque nadie las hubiera solicitado todavía. El caché conservaba lo recogido.
Después llegaba la comparación. Cada máquina calculaba resúmenes de sus archivos y los contrastaba con otras. Si había discrepancias, el examen descendía hasta localizar páginas ausentes o dañadas. El editor u otro caché podía aportar el reemplazo.
Las máquinas votaban sobre la coincidencia de los archivos. Las disputas acerca del contenido de los artículos quedaban bien atendidas por sus lectores. Al sistema le tocaba mantener las páginas disponibles, incluida su entrega desde la biblioteca cuando la web del editor no las servía.
La preservación también mira debajo de la mesa
El informe de Stanford de octubre de 2002 recogió un dato de mantenimiento muy terrenal: cada sitio de pruebas dedicaba, de media, cerca de una hora al mes a su caché. Abundaban los cables de red o alimentación desconectados, los cambios de dirección IP y los filtros de tráfico modificados. El equipo del proyecto aportaba además entre una y dos jornadas de una persona por semana para apoyar a los sitios.
Los ensayos habían detectado y reparado daños intencionados y accidentales. Quedaba trabajo para convertir el diseño en un servicio estable. Había que preparar complementos para distintas plataformas editoriales, capaces de recorrer sus volúmenes y tratar las partes variables de las páginas.
Los editores debían conceder permiso escrito a las bibliotecas y publicar una página legible por el recolector que indicara qué materiales podía recoger. La reparación entre cachés se destinaba a quienes ya habían tenido esos contenidos. Cada biblioteca mantenía la decisión de qué conservar y la tarea de dar acceso a su comunidad.
La historia oficial del programa sitúa la salida de la versión de producción en abril de 2004, después de desarrollar con otras bibliotecas la gestión de las colecciones y su consulta.
El viejo PC formaba parte de una red de custodia bastante más amplia que su carcasa. Había archivos comparándose, personal escogiendo revistas y técnicos preparando herramientas. Y, de vez en cuando, alguien comprobando el enchufe. Las grandes misiones también tienen esos bajos.
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