Summary
- La RFC 1750 distinguió una secuencia con aspecto aleatorio de una secuencia imprevisible para quien conoce las circunstancias de su generación. Un reloj usado como semilla puede reducir una clave aparentemente inmensa a una lista breve de horas probables.
- El documento examinó relojes, números de serie, movimientos humanos y tiempos de llegada de paquetes. La revisión de 2005, RFC 4086, amplió la descripción de fuentes físicas y depósitos de entropía.
La máquina entrega una clave que ocupa varias líneas. Si se le pide, entrega más. Quien la ve puede pensar que el atacante tendrá que recorrer todas las combinaciones posibles de esos caracteres. Pero el atacante pregunta a qué hora se encendió la máquina. De pronto, el examen se hace en una libreta pequeña.
La RFC 1750 de diciembre de 1994 colocó esa libreta en el centro de la conversación. La criptografía se extendía por programas y redes, y las contraseñas y claves dependían de cantidades secretas. Los autores avisaron de que el entorno de generación podía ser mucho más fácil de reproducir que el espacio nominal de una clave. La fuerza del algoritmo posterior poco podía hacer si el punto de partida ya estaba acotado.
El documento separó dos preguntas que suelen recibir la misma respuesta apresurada. ¿La serie de números pasa pruebas estadísticas? ¿Puede un adversario calcularla? Una sucesión pseudoaleatoria puede parecer impecable y, aun así, repetirse exactamente cuando se conoce su estado inicial. La RFC menciona una tabla CRC disponible para todos: su distribución podía resultar convincente; su carácter público la hacía inútil como secreto. La estética del desorden no pagaba la factura de la imprevisibilidad.
El reloj era un candidato particularmente seductor. Mostraba muchos dígitos, quizá hasta microsegundos, y estaba al alcance de cualquier programa. Sin embargo, las cifras finales podían permanecer fijas entre lecturas o avanzar por ajustes del sistema operativo. Otra máquina, con apariencia parecida, podía comportarse de manera distinta. Los números de serie tampoco regalaban misterio: una dirección de hardware puede contener segmentos que delatan fabricante y organización de la producción. Contar bits impresos no equivale a contar bits difíciles de adivinar.
La RFC siguió el rastro de otras fuentes. El intervalo entre teclas podía aportar variación humana, siempre que la aplicación tuviera acceso a ese intervalo antes de que el búfer lo uniformara. Los movimientos del ratón podían repetirse. Los tiempos de llegada de paquetes dependían de un exterior donde el adversario quizá también pudiera intervenir. En cada caso había que entender qué observaba realmente el programa. «Viene del mundo real» era una descripción; aún faltaba medir cuánto podía prever el enemigo.
El capítulo sobre la falacia del tratamiento complejo parece escrito para pinchar el orgullo de los ingenieros. Se toma un generador brillante y se alimenta con la hora actual. Alguien que conoce aproximadamente el arranque prueba las horas candidatas y reproduce sus resultados. Que el generador produzca millones de bits solo alarga la exhibición de una decisión inicial pequeña. Es como imprimir un libro entero a partir de una contraseña de tres palabras y presumir por el grosor del libro.
El ejemplo de USENET insistía en el mismo punto desde otro ángulo. Si el atacante también dispone de una gran colección pública de datos, extraer de ella 32 bytes no convierte los 32 bytes en una reserva secreta. La incertidumbre reside sobre todo en el lugar escogido. Bajo las condiciones de aquel ejemplo histórico, la RFC situaba ese máximo en torno a 25 bits. Importan tanto las condiciones como el número: no es una medida de los archivos de hoy, sino una demostración de cómo puede engañar el tamaño de un depósito compartido.
El trabajo serio comenzaba antes de imprimir la clave. Obtener variación física o ambiental difícil de anticipar; muestrearla sin perder lo valioso; combinarla con cuidado; y, por fin, generar la cantidad necesaria de salida. Mezclar datos y expandir una semilla son tareas útiles, pero ninguna crea retrospectivamente la sorpresa que faltó en la entrada. Ese reparto de responsabilidades dio a los operadores una manera mejor de interrogar a sus sistemas.
En junio de 2005, la RFC 4086 sustituyó a la de 1994 y añadió tratamientos de osciladores, depósitos de entropía y generadores presentes entonces en sistemas operativos. El catálogo técnico creció. La pregunta incómoda sobrevivió intacta: antes de confiar en la clave, hay que saber quién consiguió su secreto. El reloj sigue marcando la hora; no conviene dejarle decidir por sí solo cuántos ladrones pueden adivinarla.
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