Summary
- El W3C anunció en agosto de 1996 una versión binaria temprana de Amaya, navegador y editor visual concebido como banco de pruebas de las normas web.
- Una nota de febrero de 1997 explicó cómo el mismo cliente abría, editaba y publicaba documentos con HTTP PUT, siempre en servidores donde el autor tuviera permiso de escritura.
Durante años, «visitar» una página fue el verbo favorito del navegador. El anuncio de Amaya del 23 de agosto de 1996 recuperó otro verbo: escribir. Vincent Quint presentó un cliente del W3C que reunía navegación, edición WYSIWYG, hojas CSS, HTML 3.2, imágenes PNG y publicación en servidores HTTP con PUT. Aquella versión binaria se ofrecía para que la comunidad la probara y enviara observaciones. Si el consorcio quería proponer normas para la Web, convenía que sus propias manos probaran los tornillos.
La nota técnica de febrero de 1997 describió a Amaya como un cliente activo. El usuario podía recuperar un documento remoto, verlo, modificarlo y publicarlo desde un entorno uniforme. También podía mantener varios documentos abiertos y crear un enlace señalando el documento o el destino visible, sin reconstruir de memoria una dirección larga. Para quien escribía, la Web dejaba de parecer una vitrina con miles de cristales: algunos paneles podían abrirse y trabajar dentro.
Amaya escondía una decisión exigente bajo su aspecto visual. Mostraba la página formateada, pero guardaba el HTML como árbol estructurado sujeto al DTD. Elegir que un fragmento fuera título o elemento de lista modificaba esa estructura. La nota reconocía el enemigo cotidiano: muchas páginas existentes tenían HTML defectuoso. El analizador intentaba transformarlas para cargarlas; al editarlas, el programa ejecutaba operaciones válidas. La aspiración era clara: tratar con documentos desordenados y evitar que la edición añadiera otro desastre.
Para publicar, el autor podía guardar en una URL en lugar de un archivo local. Amaya enviaba el documento y los objetos incluidos, ajustando las direcciones cuando el documento cambiaba de ubicación. Usaba GET para traer recursos, GET o POST para formularios y PUT para publicar. Ahí aparece el límite que hace interesante la historia: la nota hablaba de un servidor en el que el autor estuviera autorizado a escribir. PUT era el vehículo. La autorización seguía en manos del servidor. Amaya no convertía cada página ajena en una pizarra pública.
El programa era, además, una prueba viva para las normas del W3C. Un editor que también navegaba obligaba a HTML, CSS, enlaces y HTTP a convivir dentro de un producto. La documentación enseñaba tanto la promesa como las asperezas: páginas mal formadas, modelos estructurados y puertas de escritura remota. El navegador llevaba lápiz. La publicación exigía que el portero reconociera al autor.
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