Resumen

  • Rijksstudio se estrenó en octubre de 2012 con imágenes de 125.000 obras y herramientas para guardar detalles, recortar y descargar.
  • El museo registró 27.000 estudios personales al acabar el año; los pedidos de productos quedaron por debajo de sus primeras expectativas.

Mark Creegan encontró una forma muy particular de recorrer una colección de pintura: quedarse con la esquina inferior izquierda de varios cuadros y reunirlas en una nueva composición. La llamó «Bottom Lefts». El Rijksmuseum había ofrecido imágenes de obras enteras. Su visitante tenía un encargo más pequeño para ellas.

El caso figura en el relato del proyecto que Peter Gorgels publicó en 2013. En Rijksstudio se podían guardar imágenes completas y también fragmentos. Cada usuario organizaba su colección siguiendo sus propios gustos. La esquina, ese puesto normalmente discreto del cuadro, podía ascender a criterio de selección.

La web abrió el 30 de octubre de 2012, antes de la reapertura del edificio principal en abril de 2013. Empezó con imágenes de 125.000 obras. Se diseñó pensando primero en una tableta: controles grandes y una imagen que se podía explorar con los dedos. Incluso la primera vista podía mostrar un detalle elegido a toda pantalla. Para encontrar el conjunto bastaba con alejarse. El museo había decidido empezar por acercar al visitante.

Un recorte que podía salir de la página

La propuesta tenía herramientas concretas. Se podían crear conjuntos personales, descargar archivos JPEG de alta resolución y recortar una imagen para imprimirla en un producto. A alguien podía interesarle la tela pintada en una esquina, con independencia del resto de la escena. Poder seleccionar ese fragmento y llevarse el archivo permitía seguir trabajando fuera de la web.

El informe anual de 2012, página impresa 36, anotó 27.000 Rijksstudios a 31 de diciembre. Pero había una tarea que daba menos alegrías: Gorgels reconoció que los pedidos de productos eran el aspecto que había quedado por debajo de lo esperado. Explorar y hacer una colección tenían su recompensa inmediata. Comprar añadía precio, decisiones y un proceso que completar. A la tienda le faltaba parte del entusiasmo que ya tenía el taller.

En octubre de 2013 llegó otra decisión sobre los archivos. Según el estudio de Joris Pekel para Europeana Foundation, publicado en 2014, página 13, el Rijksmuseum dejó de cobrar por las imágenes de máxima calidad de obras de dominio público ya digitalizadas. Las entrevistas con el personal describían una preferencia por financiar proyectos de digitalización de colecciones completas, reduciendo el trabajo administrativo de numerosas transacciones individuales.

El museo conservaba las piezas y sus registros. El visitante elegía qué mirar, dónde recortar y junto a qué ponerlo; con un archivo descargado, esa elección podía continuar en otro sitio. «Bottom Lefts» dejó una explicación bastante elegante de lo que se había abierto. Una colección entera podía servir a alguien que solo quería las esquinas.